martes, 10 de febrero de 2026

Fragmentos: Raíces y fruto.

 




Raíces y fruto.


«De no tener la cadera como la tiene, ella misma subiría a cogerlas», pensó, mientras sonreía ante la ocurrencia de su nieto. Se detuvo a tomar aliento, recordó lo felices que habían sido en aquel lugar; siendo novios ya subían con la excusa de ver florecer los almendros, y dijo: «Si fuera por las almendras iría al mercado, la pensión aún me alcanza para eso». «La almendra es lo de menos», continuó, una vez recuperado el aliento, «si hago esto es porque me gusta subir hasta aquí; respirar este aire, coger el fruto del árbol. Buscar la piedra, romper la cáscara. Pasar la mañana fuera de casa y hacer algo de ejercicio». El niño lo miró sin entender una palabra. Le gustaba ir con su abuelo a coger almendras. Se levantaban temprano y subían caminando la ladera hasta donde florecían, salvajes, los almendros. Cuando habían llenado una bolsa se sentaban en una piedra enorme desde donde divisaban gran parte de la ciudad. Allí pasaban la mañana, comían almendras y hablaban. «Pues la abuela cree que venimos por las almendras», dijo el niño, mientras rebuscaba trozos de almendra entre las cáscaras y se los llevaba a la boca. «Siempre fue así», pensó. «Y así debe seguir siendo, nene, así debe seguir siendo», repuso el abuelo, mirando, a través del empañado cristal de sus gafas, la ciudad que, probablemente, su nieto tendría que abandonar antes de poder recordar con lucidez aquellas mañanas de secretos y almendras.



Lorite Serrano.

sábado, 3 de enero de 2026

Fragmentos: Año Nuevo en la cantina.




Año Nuevo en la cantina.


«Amar a una mala mujer es amar a una mujer de veras», balbució antes de dar de bruces en la barra. Era lo habitual bajo aquellos ventiladores que desde el techo espesaban un aire caliente y alcohólico entre cuatro paredes verticales y mugrientas. Hombres como aquel bebían en silencio bajo sus sombreros. Si la cosa se complicaba, fingían dormir o estar borrachos y esperaban a que amainara. Aquel día, María atendía sola el negocio. No era frecuente pero ocurría. Su madre, una india hermosa y libre, había muerto de tuberculosis cuando ella aún era una niña. Su padre, que nunca lo superó, vegetaba en la trastienda desde hacía catorce meses. Algo en su cabeza se derramó. Catorce meses en la sombra. Catorce meses frente a una pared al otro lado de la vida. Su hermano había salido a buscar suministros. Era martes y desde el viernes ningún camión se aventó hasta el pueblo. A pesar de las fechas el narco pegaba duro. Ella se adelantó, abrió el arcón y agarró el revólver. «Ni modo», se dijo, al escuchar ruido de cascos afuera. Era el “Güero Chucho” quien llegaba a caballo hasta la misma puerta. En una mano la botella, en la otra la rienda. Nadie se explicaba cómo podía cabalgar en ese estado sin caer del caballo. Algunos ya lo esperaban. Por segundo año lo dejaron fuera de la charreada de Año Nuevo. «De veras es bueno», dijo un tipo sentado a una mesa de tapete verde, «quizá el mejor jinete del estado». «La neta», sentenció otro desde la barra, «pero le escupe a una rata y la pela». María salió a su encuentro. Todos adivinaron el arma bajo el madil. Nunca nadie en el rancho la había visto disparar, pero nadie dudaba de que sería capaz de hacerlo.


Lorite Serrano.



Fragmentos: Raíces y fruto.

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