En
el muelle.
Nunca
se supo de alguien que realmente le debiera un favor pero todo el
mundo terminaba por confiarle sus secretos. Todos tenían una hija,
un sobrino, un yerno, el hijo de un amigo al que querían ayudar. Era
evidente lo que le hacía a su mujer, pero nadie le llamó la
atención ni se planteó denunciar. Preferían pensar que era lo que
algunos hombres hacían a sus mujeres. Nada más. Trabajaba en la
sombra con más de una baraja en los bolsillos. No era tan joven,
detrás de aquella imagen de tipo duro habitaba un cincuentón
castigado por el humo y el alcohol, pero no se sentía cansado, al menos no de
hacer lo que hacía. Aquella mañana en el puerto, fue la primera vez
en más de treinta años de cloacas que sintió la vaga necesidad de
un descanso. Quitarse de en medio una temporada. Desaparecer. Era
demasiado hasta para alguien como él. Cerró los ojos y se vio por
un momento lejos de allí, donde nadie lo conocía y podía llevar
una vida normal, sin mirar cada mañana a un lado y a otro de la
calle antes de salir del portal de su casa, sin mirar debajo del
coche antes de subir, sin llevar un arma cargada al costado y otra al
tobillo, sin todo ese hedor en que se había convertido el aire que
respiraba.
─Es
evidente ─dijo
el comisario─
que quien cortó la cuerda y liberó el cadáver sabía lo que hacía.
Es posible que se trate de la misma persona que lo hundió, en
cualquier caso, sabía exactamente el lugar y la forma en que fue
hundido. ¿Me estás
escuchando, Matías?
─Perdone,
comisario ─repuso
Matías, sobresaltado por la intromisión de la
voz del
comisario en su
ensoñación─.
He pasado mala noche.
─Nada
que no puedan
arreglar un café bien cargado y una copa de coñac. Entremos.
El
comisario señaló un bar al otro lado de la calle hacia donde
caminaron dejando atrás el muelle repleto de policías, periodistas,
curiosos.
─Cuéntame
qué es eso que te ha tenido en vela toda la noche ─dijo el
comisario en tono jocoso mientras sujetaba la puerta y cedía el paso
a Matías.
Entonces
lo vio. Tenía que estar, según sus cálculos, a ciento cincuenta
kilómetros de allí. Y
lo
tenía delante. Petrificado,
rompió a sudar; un sudor frío y cortante como hoja de navaja
descendió
por su frente.
En
la misma ciudad, en el mismo bar, a menos de seis
pies del
comisario. Con
el cuerpo de aquel desgraciado aún en el
muelle.
Lorite Serrano.