Raíces y fruto.
«De no tener la cadera como la tiene, ella misma subiría a cogerlas», pensó, mientras sonreía ante la ocurrencia de su nieto. Se detuvo a tomar aliento, recordó lo felices que habían sido en aquel lugar; siendo novios ya subían con la excusa de ver florecer los almendros, y dijo: «Si fuera por las almendras iría al mercado, la pensión aún me alcanza para eso». «La almendra es lo de menos», continuó, una vez recuperado el aliento, «si hago esto es porque me gusta subir hasta aquí; respirar este aire, coger el fruto del árbol. Buscar la piedra, romper la cáscara. Pasar la mañana fuera de casa y hacer algo de ejercicio». El niño lo miró sin entender una palabra. Le gustaba ir con su abuelo a coger almendras. Se levantaban temprano y subían caminando la ladera hasta donde florecían, salvajes, los almendros. Cuando habían llenado una bolsa se sentaban en una piedra enorme desde donde divisaban gran parte de la ciudad. Allí pasaban la mañana, comían almendras y hablaban. «Pues la abuela cree que venimos por las almendras», dijo el niño, mientras rebuscaba trozos de almendra entre las cáscaras y se los llevaba a la boca. «Siempre fue así», pensó. «Y así debe seguir siendo, nene, así debe seguir siendo», repuso el abuelo, mirando, a través del empañado cristal de sus gafas, la ciudad que, probablemente, su nieto tendría que abandonar antes de poder recordar con lucidez aquellas mañanas de secretos y almendras.
Lorite Serrano.

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