Una habitación sin amueblar.
Todas las farolas estaban encendidas cuando Ernesto salió al balcón con una taza de café entre las manos incapaz de identificar el motivo de su inquietud. «¿Un condenado a muerte?», pensó, «¿o un condenado a seguir viviendo?» En tal estado de angustia se encontraba, en mitad de aquella noche de bochorno y zancudos. Pensaba en todas las mujeres que habían pasado por su vida hasta llegar allí. Ninguna se parecía a la anterior, excepto en el hecho de haber tropezado con él. Eso le contrarió; nunca había tenido esa visión de sí mismo. «Soy yo el que llevo toda mi vida tropezando en la misma piedra», se dijo, e inexplicablemente se sintió mejor. Parecía tenerlo claro: desterraría el compromiso. Se veía a sí mismo como un hombre joven, maduro, libre. «No, no cometeré el mismo error», murmuró, y dio otro sorbo a su café. Luego pensó en Anita andando descalza por la casa y sonrió. No, no cometería el mismo error; nada de vivir juntos o hacer planes. A partir de ahora, sólo compartirían su cuerpo. Era suficientemente inteligente como para dejarse arrastrar de nuevo. Pensaba en las otras veces. Por supuesto, reconocía, Anita no era como las demás. Ninguna antes le había hablado de cielos púrpura y muerte, ni le había leído en voz alta a última hora de la tarde mientras acariciaba su pelo tumbados en la azotea. Cuando estaban juntos no le preocupaba el futuro, era el presente el que se le presentaba como algo inasible y felino, y eso le angustiaba. Y aquel desasosiego que le invadía después de hacer el amor, tampoco antes lo había sentido. Definitivamente, Anita era diferente. Quizá estuviera algo loca pero confiaba en que su locura fuese, de alguna manera, una locura amable con el mundo. Aun así, no cometería más errores. Todo menos irse a vivir juntos. Ya había tenido suficiente, se repetía una y otra vez, mientras una lluvia suave y regular comenzó a mojar la calle.
─¿Otra noche de escritura? ─Preguntó Anita, que le había estado observando desde la cama.
─Eso espero ─contestó Ernesto─. Y las que vengan.
─Bueno, pero vuelve a la cama antes de que amanezca. No vine a dormir sola.
La mañana que llegó le cegó con un cielo blanco y luminoso. Pudo ver como algunas baldosas gruñían y escupían a los que a paso descubierto salieron al encuentro del nuevo día. Pudo ver como los coches se agolpaban hacia el centro en un suicidio colectivo. Pudo ver el folio inmaculado en la vieja Remington, en una esquina en el suelo del balcón cerrado. A pesar de todo, era agradable entrar en la cama mientras Anita aún dormía. En unas horas sería peligroso pero, hasta entonces, era un lugar amable y reconfortante en mitad de aquella habitación sin amueblar.

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