sábado, 3 de enero de 2026

Fragmentos: Año Nuevo en la cantina.




Año Nuevo en la cantina.


«Amar a una mala mujer es amar a una mujer de veras», balbució antes de dar de bruces en la barra. Era lo habitual bajo aquellos ventiladores que desde el techo espesaban un aire caliente y alcohólico entre cuatro paredes verticales y mugrientas. Hombres como aquel bebían en silencio bajo sus sombreros. Si la cosa se complicaba, fingían dormir o estar borrachos y esperaban a que amainara. Aquel día, María atendía sola el negocio. No era frecuente pero ocurría. Su madre, una india hermosa y libre, había muerto de tuberculosis cuando ella aún era una niña. Su padre, que nunca lo superó, vegetaba en la trastienda desde hacía catorce meses. Algo en su cabeza se derramó. Catorce meses en la sombra. Catorce meses frente a una pared al otro lado de la vida. Su hermano había salido a buscar suministros. Era martes y desde el viernes ningún camión se aventó hasta el pueblo. A pesar de las fechas el narco pegaba duro. Ella se adelantó, abrió el arcón y agarró el revólver. «Ni modo», se dijo, al escuchar ruido de cascos afuera. Era el “Güero Chucho” quien llegaba a caballo hasta la misma puerta. En una mano la botella, en la otra la rienda. Nadie se explicaba cómo podía galopar en ese estado sin caer del caballo. Algunos ya lo esperaban. Por segundo año lo dejaron fuera de la charreada de Año Nuevo. «De veras es bueno», dijo un tipo sentado a una mesa de tapete verde, «quizá el mejor jinete del estado». «La neta», sentenció otro desde la barra, «pero le escupe a una rata y la pela». María salió a su encuentro. Todos adivinaron el arma bajo el madil. Nunca nadie en el rancho la había visto disparar, pero nadie dudaba de que sería capaz de hacerlo.


Lorite Serrano.



miércoles, 5 de noviembre de 2025

Fragmentos: Una habitación sin amueblar.

 


Una habitación sin amueblar.



Todas las farolas estaban encendidas cuando Ernesto salió al balcón con una taza de café entre las manos incapaz de identificar el motivo de su inquietud. «¿Un condenado a muerte?», pensó, «¿o un condenado a seguir viviendo?» En tal estado de angustia se encontraba, en mitad de aquella noche de bochorno y zancudos. Pensaba en todas las mujeres que habían pasado por su vida hasta llegar allí. Ninguna se parecía a la anterior, excepto en el hecho de haber tropezado con él. Eso le contrarió; nunca había tenido esa visión de sí mismo. «Soy yo el que llevo toda mi vida tropezando en la misma piedra», se dijo, e inexplicablemente se sintió mejor. Parecía tenerlo claro: desterraría el compromiso. Se veía a sí mismo como un hombre joven, maduro, libre. «No, no cometeré el mismo error», murmuró, y dio otro sorbo a su café. Luego pensó en Anita andando descalza por la casa y sonrió. No, no cometería el mismo error; nada de vivir juntos o hacer planes. A partir de ahora, sólo compartirían su cuerpo. Era suficientemente inteligente como para dejarse arrastrar de nuevo. Pensaba en las otras veces. Por supuesto, reconocía, Anita no era como las demás. Ninguna antes le había hablado de cielos púrpura y muerte, ni le había leído en voz alta a última hora de la tarde mientras acariciaba su pelo tumbados en la azotea. Cuando estaban juntos no le preocupaba el futuro, era el presente el que se le presentaba como algo inasible y felino, y eso le angustiaba. Y aquel desasosiego que le invadía después de hacer el amor, tampoco antes lo había sentido. Definitivamente, Anita era diferente. Quizá estuviera algo loca pero confiaba en que su locura fuese, de alguna manera, una locura amable con el mundo. Aun así, no cometería más errores. Todo menos irse a vivir juntos. Ya había tenido suficiente, se repetía una y otra vez, mientras una lluvia suave y regular comenzó a mojar la calle.

¿Otra noche de escritura? ─Preguntó Anita, que le había estado observando desde la cama.

Eso espero ─contestó Ernesto─. Y las que vengan.

Bueno, pero vuelve a la cama antes de que amanezca. No vine a dormir sola.

La mañana que llegó le cegó con un cielo blanco y luminoso. Pudo ver como algunas baldosas gruñían y escupían a los que a paso descubierto salieron al encuentro del nuevo día. Pudo ver como los coches se agolpaban hacia el centro en un suicidio colectivo. Pudo ver el folio inmaculado en la vieja Remington, en una esquina en el suelo del balcón cerrado. A pesar de todo, era agradable entrar en la cama mientras Anita aún dormía. En unas horas sería peligroso pero, hasta entonces, era un lugar amable y reconfortante en mitad de aquella habitación sin amueblar.



Lorite Serrano.

sábado, 25 de octubre de 2025

Fragmentos: La carta.

 


La carta.


Fue por entonces que llegó la carta. No era una carta de Hacienda, ni de la Seguridad Social, ni de remite extranjero. Todas estas hubiesen justificado su inquietud. Era un sobre blanco, sencillo. Las señas estaban escritas a mano, seguramente con la tinta azul de un bolígrafo Bic. Él conocía bien la letra. Esa letra era el motivo de su pulso acelerado. Hubiese encendido un cigarrillo, pero recordó que hacía años que había dejado de fumar. Fue en aquella tierra caliente. Pero todo aquello parecía haber ocurrido hacía tanto tiempo, que decidió no abrir siquiera el sobre. Era verdad. Él no quiso creer lo que leía en los periódicos, pero era verdad. Él no dio crédito a los limpiabotas de Plaza Patria, ni a las chicas de El Rosinal, ni al señor de los tamales; todos repetían una y otra vez, cada cual a su modo, lo que él se negaba a aceptar con la misma fuerza que, en otro tiempo, lo había impulsado a arribar a aquella tierra: no era ni sería un verdadero artista.


Lorite Serrano. 



sábado, 18 de octubre de 2025

Fragmentos: Una mañana en las afueras.





 Una mañana en las afueras.


Estaban en las afueras, en un centro comercial, en la azotea. Ella fumaba. Él apuraba un café y fumaba. Se levantaron de la mesa y caminaron de un lado a otro de la terraza. El sol brillaba. Ella le preguntó si iba en serio. Si no había vuelta atrás. Él no dijo nada. Ella trató, sin éxito, de hacerle ver el error en el que se encontraba. Él no dijo nada. Sabía que ella nunca soportó el silencio, tampoco la soledad, así que no dijo nada.

 ─Estás loco dijo ella, elevando sutilmente el tono natural de su voz.

─No lo sé contestó él, pausadamente, mientras encendía un cigarrillo y arrojaba la cerilla al pequeño lago artificial de la primera planta. Eso sólo podría decirlo un médico; uno que hubiera estudiado para ello. Y ninguno de los dos lo somos. Sólo somos nosotros, nada más.

─Lo estás, claro que lo estás. Y quieres hacernos sentir culpables al resto por no estarlo, ¿Es eso?

─Podría ser contestó, y le dio una calada honda y sincera al cigarro, consumido ya hasta su mitad.

─Podría ser, podría ser...balbuceó ella, mientras se daba la vuelta y cubría sus ojos con unas gafas de sol cuadradas y oscuras. Deberías estar encerrado en un manicomio. O en una clínica... ¡O en la cárcel! Una cárcel para cínicos.

─Eso no existe. Tendrías que oírte...

Ella no dijo nada. Rompió a llorar en silencio. En silencio salieron a la calle. Él miró hacía un lado y se vio en el cristal de un coche aparcado junto a la acera. Había envejecido, no podía negarlo. Quizás ella estuviera en lo cierto, se dijo, y estaba loco. Quizás todo fuera una locura transitoria, fruto de la nostalgia, de la añoranza de otro tiempo. Por qué renunciar a la seguridad que ella le ofrecía. Por qué embarcarse en una lucha que todos sabían perdida de antemano. No puedes obligarla a embarcar, se dijo, ni a que obligue a hacerlo a alguien más. Este mar es sólo tuyo. Zarpa. Tienes mucho que remar todavía, y algo parecido a una vida que jugarte. Encendió otro cigarrillo y se mantuvo en silencio el resto de la mañana. Sabía que ella no soportaba el silencio. Aquel silencio mataba lo que sentían. Y verlo morir de ese modo era verse morir a sí mismo. A esa parte de sí mismo que debía morir para poder seguir viviendo.


Lorite Serrano.

sábado, 11 de octubre de 2025

Fragmentos: Frente al espejo.


 


Frente al espejo.


Y es en ese momento cuando no puedo evitar ver como la hoja se desliza por mi cuello. Un corte seco y limpio. La sangre liberada y caliente empapándolo todo. Esa es la razón por la que no me afeito a diario. Cuando pienso en hacerlo, inevitablemente llega la imagen de mi cuello degollado, y lo pospongo.

─Continúa dijo Anita.

─No hay nada más contestó Ernesto. Es eso. Y no es agradable.

─Pues yo me estoy excitando.

─¿De oírme decir que cada vez que veo mi cara en el espejo al afeitarme imagino mi cuello degollado por mi propia mano?

─No es eso. Es que me siento identificada. Me veo en ti como en un espejo. Yo también pienso en hacerlo, ¿sabes? Cada día hay un momento en que desearía hacerlo. Y escucharte hablar así…

─¡Un momento, yo no deseo hacerlo! Ni siquiera pienso en ello.

─Pero has dicho que…

─Digo que cada vez que estoy frente al espejo con una cuchilla de afeitar en la mano, inevitablemente llega a mi mente esa imagen. Quizá por miedo a que suceda fruto de un descuido, un error de cálculo, un impulso incontrolable consecuencia de una enajenación mental transitoria. Pero no como algo voluntario.

─Eso es porque, en el fondo, quieres hacerlo. Tú y yo nos parecemos mucho, ¿sabes?




Lorite Serrano.






sábado, 4 de octubre de 2025

Fragmentos: Gatos en la playa.

 



Gatos en la playa.


Oh, no, no le dé de comer a los gatos. Ya no sabemos qué hacer. Hay cuarenta y ocho gatos y, si todo el mundo hiciera lo que usted... Muy bien, dije, guardando un trozo de pescado en el bolsillo de mi bañador. En la mesa de atrás almorzaba un gitano y varias mujeres y niños, algunos de ellos cíngaros. Los niños jugaban en el suelo cortando el paso hacia el baño, obligando al resto de comensales que necesitaran acceder al aseo a cruzar el salón interior. Jugaban y alimentaban a los gatos. Nadie les dijo nada. Ni de los gatos ni de cualquier otra cosa. La camarera tenía tatuado en español: Prefiero ser loca y feliz a normal y amargada. Bastaba con tenerla delante para darse cuenta de que no era feliz, ni normal. El dueño era italiano. No dejaba de hablar, siempre renegando, y bregaba con camareros y clientes con la misma vehemencia aparentemente desinteresada. Los camareros no eran camareros, simplemente servían las mesas. El único individuo interesante trabajaba en la sombra. Entre leña de olivo y un santo tallado en madera, que el mar había escupido en tiempos de posguerra, espetaba sardinas un paraguayo moreno y sabio. Nos contó la historia de la torre del lugar, y, cuando le hablé de la perfección del mar, me habló de una luz blanca y cegadora que le había sorprendido una noche en mitad de algún lugar. Al otro lado de la torre y las sombrillas, en una ensenada de rocas, el mar rompía sincero y cruel.

Los gatos cruzaban de acá para allá libres y enteros. Todos con sus huevos bien pegados al culo. No se parecían en nada a los gatos de la ciudad. No estaban gordos, no eran lentos ni confiados. Miraban como tigres. Violencia primigenia atrapada en ese desierto eléctrico que es el fondo del ojo de un gato. Dormían entre las rocas, y si bajaban a la terraza del chiringuito no era buscando caricias, sino restos de espeto o un trozo de pescado frito. Éramos el medio de conseguirlo, nada más. Tenían el mar, no necesitaban nada de nosotros. Ni siquiera los restos de espeto. Pero la temporada baja era demasiado larga y aprovechaban el verano y los turistas para recubrirse de esa fina capa de grasa que les ayuda a combatir la escasez del invierno.

Terminamos de comer y volvimos caminando hasta el lugar donde habíamos dejado nuestras cosas. ¿No es horrible la playa cuando hay gente? Cerca de la orilla una lancha depuradora limpiaba el agua. Sonreí imaginando que salía del agua y barría los primeros veinte metros de sombrillas, neveras, toallas...Fui feliz fantaseando con que era yo quien manejaba esa máquina.

Siempre nos pasa lo mismo, tendríamos que haber venido en septiembre. Alguien dijo: es este calor, es esta inercia; nos dejamos arrastrar...

Es este vellocino mugriento del que no podemos desprendernos, pensé, mientras abría una lata de cerveza. Entonces volví a los gatos de la playa. Éramos como ellos, me dije, mintiéndome, no necesitábamos caricias, nos bastaba con el mar y un pedazo de espeto. En otro tiempo, incluso podríamos haber dormido entre las rocas. Pero el tiempo nos había embestido. Nos había acostumbrado a renunciar: Cada vez más cerca de aquellos que dicen amar el mar y sólo conocen la playa.

Abrí otra lata de cerveza, apreté la vacía. Pero yo conocía el mar y conocía la playa y la detestaba. En realidad, lo que detestaba eran las sombrillas, las neveras, las toallas... y ahí estaba, bebiendo cerveza bajo una sombrilla junto a una nevera, sobre una toalla. Era detestable. Me detestaba.


Lorite Serrano.




sábado, 9 de agosto de 2025

Cuatro gatos y una librería.





Pueden hacerlo


Llegaron de muy lejos trayendo algo consigo,

nadie sabe qué, pero corrige y mejora todo.


Tienen la capacidad de hacerte reflexionar,

algo así como una cura de humildad,

y con ello obligarte a aceptar, y a ser mejor.


Sólo verlos cruzar una habitación,

avanzar por el pasillo, cola enhiesta

rezumando dignidad, achicarse

cuando se empeñan en elegir su lugar,

holgazanear con estilo, sin prisa y sin culpa,

sólo por verlos dormir, merece la pena

estar dotado de conciencia y memoria.


Con ellos cerca está en paz mi corazón,

me guían, me abrigan, hacen de mis días

un vergel de calma, silencio y sabiduría.


Hacen con su mierda en la arena

lo que el poeta con la suya en el poema.

Cazadores solitarios, no perdonan.


Llegaron hace mucho tiempo,

van y vuelven, pueden hacerlo,

a través de esa puerta en sus ojos,

dilatada o vertical, a la eternidad.


Ayer tenía un poema en la garganta


Una lavadora, una secadora, un lavavajillas,

un secador de pelo, una maquinilla de afeitar,

el último modelo de cualquier electrodoméstico,

un coche nuevo, una mujer, un sueldo fijo, un trofeo,

un reconocimiento, un sueño cumplido, un éxito

una erección sin precedentes, una botella de vino,

seis litros de cerveza buena y fría,

todo lo que me cuentes y todo lo que te diga.

Nada. Insisto, nada hace la vida más fácil, más elástica,

le da más sentido a este sinsentido

que llegar al lugar donde vives, con la ciudad a cuestas

y la decepción pegada a los zapatos,

en las suelas,

y escuchar esa sinfonía de garganta milenaria,

ser mirado por esa eternidad de pupilas dilatadas,

todo elegancia y orgullo y estilo,

nada de sumisión ni victimismo.

Morirían de hambre antes que mover la cola ante nadie.


Gatos en la alborada


El verano en la ciudad

era azaroso y caliente.

Había que ser algo más

que un gato de la calle

para salir adelante.

Algunos lo consiguieron.

Otros no llegaron al otoño

y dejaron la ciudad

de la peor manera posible.

Desde mi vieja balaustrada

contemplo a los que quedaron

descansando en la alborada

tras otra noche de caza.





Libres y enteros


Me gustan los gatos de la calle

cuando aún no han sido modificados por nadie,

cuando aún no han sido perturbados ni humanizados.


Los quieren como ellos y les cortan los huevos,

los inutilizan, y, quitándoles un trozo de oreja, los marcan.


Me gustan los gatos callejeros,

su arrogancia, el porte de su andar,

la indiferencia con la que miran al resto de la ciudad,

y me gustan sus huevos,

y las gatas en celo maullando hasta el alba,

y en la oscuridad de la noche dos machos matándose por ese fuego,

defendiendo hasta el final cada palmo de terreno.


Me gustan los gatos callejeros,

me gusta su naturaleza,

rápida, salvaje, cruel,

a veces violenta.


Nunca se supo de un gato

que muriese de hambre en la calle.


¡Dejen en paz a los gatos,

no los hagan vulnerables!


Dejen que vivan su tiempo

libres y enteros.




Librerías de viejo


Salí a caminar, sólo a eso.

No iba a ningún sitio y llegué al centro.

No buscaba nada y encontré un lugar lleno de libros viejos,

cinco librerías conté en menos de cien metros.

Entré en una y ahí estaba,

constelación de pecas sobre blanco roto,

olor a libro viejo y a sexo, sostenida la mirada.

Salimos a la calle y comenzó a llover con fuerza.

El viento soplaba con una intensidad casi como la nuestra.

Aunque no entraba en mis planes, la invité a entrar en casa

a esperar que parase la tormenta.

La tormenta no paró.



Lorite Serrano.





sábado, 26 de julio de 2025

Paredes.

 



Todas las paredes 

son la misma pared,

en todas las culturas,

en todas las épocas.



Lorite Serrano.

viernes, 21 de marzo de 2025

Los tiempos siguen cambiando.


 

Los tiempos siguen cambiando


Envidio al cantante y al músico

tanto como al pintor y al poeta.

Envidio al actor y al payaso

tanto como al que baila o esculpe.

Envidio al cineasta y al arquitecto

tanto como al fotógrafo, envidio

a todos aquellos que en tiempos

de censuras o dictaduras

les queda la calle y el metro.

Pero que alguien me diga

qué le queda a un torero

cuando el viento sopla

a favor de los que gustan

matar a contra natura.

Al ser humano de un balazo

al toro bravo en un rastro.


Lorite Serrano. 

sábado, 30 de noviembre de 2024

Para un viaje ligeros de equipaje.

 




                                                            El equilibrio es

                                                            para equilibristas.



Locura permanente


Mi locura nunca fue transitoria,

por enésima vez me levanto,

eso en sí, ya es una victoria.

No me voy a rendir nunca

porque sé que vivir 

es apostar a ser feliz.

Doble o nada al color del amor,

del arte y de todo lo que hace

que a pesar de tener que irte 

decidas quedarte. 


Un verso libre


No sé si a mi paso

voy dejando huella o mella

o solamente indiferencia.


En cualquier caso

sigo caminando

y no pienso mirar atrás 

para comprobarlo.


No soy cualquiera, soy yo,

con todos mis nombres

con todas sus letras.


Un verso, un borrón,

otro verso, otro borrón,

pero sigo avanzando 

como un verso libre

a través de un texto esclavo.


Me alimento de las cosas 

que pasan a mi paso

y de la gente que al cruzar 

sus vidas con la mía

acarician mi alma,

ponen papel y tinta 

en mis manos

y se van dejando

un reguero de versos 

a su paso. 


Llanto


Ella lloraba casi todos los días

-por cualquier cosa-.

Le dije que no llorase,

que dejase las lágrimas 

para la muerte de su perra 

o de sus padres,

o para cuando a alguno de nosotros

no diagnosticaran cáncer.

Se alejó cuanto pudo de mí

y siguió llorando.


Marzo del 23


Yo que quiero vivir oculto

escribo y publico poemas,

me calzo unas manoletinas,

me enfundo unas medias rosas,

y mato un toro a la vista de cualquiera.


Misántropo empedernido

sueño desde el más profundo escepticismo

que salen a flote el hombre y el mundo.


Hipocondríaco que piensa a diario en la muerte

claudico ante su lealtad,

pues sólo se dejará ver

cuando yo ya me haya ido.


Sigo queriendo París con aguacero.

Linares, aun teniendo que luchar

contra el agua sólo con fuego.

Aunque duela, Aguascalientes.

Y Sevilla, si es vestido de torero.


El camino más largo


Cuando ya no quede nadie,

cuando nadie reparta más cartas,

tal vez rompa la baraja.


Hasta la fecha,

si alguna vez me levanté de la mesa,

fue para servirme hielo o ajustarme las espuelas.


Mis amigos apostaron a caballo ganador,

al más veloz, siendo esta una carrera de fondo.


No les guardo rencor.


Tenían que sobrevivir,

familias que alimentar,

y esa maraña de cosas.


Remuevo las cartas,

gotitas de bourbon y hielo.


El camino más largo

es tan duro como

jodidamente bello.


Ligeros de equipaje


El pianista despertó de la anestesia

y comprobó que había perdido

tres dedos de su mano izquierda

y el pulgar de la derecha.

El escritor no reconoció a su hija

en la sala de estar de aquella lúgubre clínica.

El pintor fue liberado de las vendas

y se adentró en una oscuridad

de la que no regresaría.

El tenor se levantó de la cama,

caminó hasta el espejo y acarició

la delicada red que cubría aquel perfecto agujero en su cuello.

Abrí los ojos y rodé sobre este enjambre de sábanas

en que te has convertido.

Supongo que es esto

lo que quieren decir los que dicen

que hay que llegar al final

ligeros de equipaje.







                     Texto y fotos: Lorite Serrano.

domingo, 17 de noviembre de 2024

Lo de un asesino del siglo XXI.

 


No escribo como un torero

ni toreo como un poeta,

sangro negro sobre blanco,

libero mi alma de cadenas.


Vivo buscando respuestas

a preguntas que me asedian,

hasta mí llegan palabras

y no sé qué hacer con ellas.


Todo lo que el día me negó

tampoco en la noche lo encuentro,

siempre el mismo en el espejo,

siempre afilado el recuerdo.


Cruzan páramos de insomnio

sombras, silencios y ausencias

cabalgando hasta el alba

sobre desbocadas bestias.


En esta ansiedad que impera

sigue buscando el niño que soy

al hombre que fui; ni rastro.


No amo como un filántropo

ni mato como un asesino.

Ni mi nombre pude elegir,

no sean tan duros conmigo.


Desde el antiguo telar

hasta la cruz de madera,

atravesadas por clavos

o apretando unas tijeras,

en todas las manos encuentro,

entre surcos de misterio, una certeza.


Cansado ya de buscar,

de preguntas sin respuesta,

de pasado y de certezas,

pienso en acabar conmigo,

a fin de cuentas, dicen,

soy un asesino.


Me pregunto

si los asesinos de verdad

dudaran tanto, pero aquí sigo.



Noche entre luces.

Lorite Serrano.

Fragmentos: Año Nuevo en la cantina.

Año Nuevo en la cantina. « Amar a una mala mujer es amar a una mujer de veras », balbució antes de dar de bruces en la barra. Era lo habit...