Frente al espejo.
Y es en ese momento cuando no puedo evitar ver como la hoja se desliza por mi cuello. Un corte seco y limpio. La sangre liberada y caliente empapándolo todo. Esa es la razón por la que no me afeito a diario. Cuando pienso en hacerlo, inevitablemente llega la imagen de mi cuello degollado, y lo pospongo.
─Continúa ─dijo Anita.
─No hay nada más ─contestó Ernesto─. Es eso. Y no es agradable.
─Pues yo me estoy excitando.
─¿De oírme decir que cada vez que veo mi cara en el espejo al afeitarme imagino mi cuello degollado por mi propia mano?
─No es eso. Es que me siento identificada. Me veo en ti como en un espejo. Yo también pienso en hacerlo, ¿sabes? Cada día hay un momento en que desearía hacerlo. Y escucharte hablar así…
─¡Un momento, yo no deseo hacerlo! Ni siquiera pienso en ello.
─Pero has dicho que…
─Digo que cada vez que estoy frente al espejo con una cuchilla de afeitar en la mano, inevitablemente llega a mi mente esa imagen. Quizá por miedo a que suceda fruto de un descuido, un error de cálculo, un impulso incontrolable consecuencia de una enajenación mental transitoria. Pero no como algo voluntario.
─Eso es porque, en el fondo, quieres hacerlo. Tú y yo nos parecemos mucho, ¿sabes?
Lorite Serrano.

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